¿Quién defiende a los niños?

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Fuente de la imagen: http://assets.nydailynews.com

I. Habiendo sido formado en la universidad para convertirme en abogado, y habiendo elegido por voluntad propia no ejercer, sí conservo para mí el principio básico que mantiene a cualquier grupo social cohesionado. La tolerancia. Es por ello que dentro de mi escala de valores y mi código de moral yo no odio a ningún ser humano. Reconozco y confieso que habrá algunos pocos que no merecen mi respeto, por experiencias personales, pero odiar es un sentimiento que más que dañino es fatal.

II. Dejando claro lo anterior voy a permitirme, a manera de ejemplo utilizando uno de los conflictos que se dan en el mundo, parafrasear un texto haciendo una libre modificación para situar los acontecimientos presentes.

“Frente a todo esto, nosotros, los israelíes, tenemos que sostener inquebrantablemente nuestro objetivo de política exterior, que es asegurarle al pueblo israelí el suelo que en el mundo le corresponde. Y ésta es la única acción que ante Dios y ante nuestra posteridad puede justificar un sacrificio de sangre; ante Dios, porque sobre la Tierra hemos sido puestos con la misión de la lucha eterna por el pan cotidiano, siendo como somos criaturas que nada reciben del presente y que deben su posición de señores en el mundo exclusivamente al genio y al valor con que sabremos luchar por ello; ante nuestra posteridad, porque no se verterá la sangre de un solo ciudadano sin que este sacrificio signifique la vida de otros mil ciudadanos del Israel futuro.”

El texto anterior pareciera explicar (y hasta justificar quizás) la realidad que vemos (y callamos) en las noticias cada día. Este mismo texto fue escrito originalmente en los años veinte del siglo pasado. Su autor hoy es el vivo recuerdo de la intolerancia, del odio racial y del totalitarismo político y militar. El enemigo de los judíos. El mismísimo engendro del mal: Adolf Hitler. En su libro Mein Kampf utiliza esas palabras y describe su plan para hacer de Alemania un territorio lo suficientemente grande para que su pueblo crezca en libertad. O al menos su concepto de libertad.

Todos sabemos cómo terminó esa historia. Lo que sorprende es que hoy, a casi un siglo de su publicación, los que fueron su blanco principal, sean los que estén en la misma posición que tanto han repudiado. Hoy Israel se ha convertido en lo que más odia.

III. Así las cosas, al igual que durante la Segunda Guerra Mundial no hubo defensa (hasta que fue demasiado tarde) para quienes morían a manos de la SS, la Luftwaffe, y demás cuerpos militares de la Quinta Columna, hoy no hay quien defienda a los que mueren por los ataques altamente sofisticados de los israelíes, puese no basta con un pronunciamiento de la ONU, de la que siempre he dicho, al pronunciarse tiene el mismo peso moral que una nalgadita materna a un hijo desobediente y no más que eso. Para comprender esto tomemos como ejemplo el pronunciamiento que obliga a Israel a derribar el muro que construyen desde 2002 (http://www.stopthewall.org/). Este pronunciamiento no vinculante de 2003 aun hoy no se cumple.(http://www.un.org/apps/news/story.asp?Cr=middle&Cr1=east&NewsID=11418#.U-mXl4B5O9Y)¿Y qué puede hacerse al respecto para obligar su complimiento? Nada.

IV. Tampoco se puede llevar el conflicto al plano religioso y minimizarlo pidiendo una oración por uno u otro bando pues esto es a mi criterio la posición más cínica ya que es muy sencillo endosarle el problema a un dios que al fin de cuentas pareciera ciego, sordo y mudo, o peor aún, sádico porque no actúa contra las injusticias que se dan. Un dios omnipotente que no puede detener la explosión de un misil que arrebata la inocencia de los niños que ven como sus cuerpos se queman y quedan vivos con solo minúsculos fragmentos de humanidad. Un dios omnipresente que no está ahí para detener los proyectiles que perforan, desgarran la piel, quiebran los huesos y apagan las vidas de más niños y mujeres ajenos a la política internacional. Un dios omnisciente que no se da cuenta de los planes de exterminio que se dan de manera programada en este ambiente militarizado. O peor aun, un dios que patrocina este conflicto pidiendo a ambos bandos destruir al enemigo. Y aun hoy hay gente que tiene la desfachatez de pedir oración por el bando que tiene más poder porque así lo piden las sagradas escrituras, so pena de acarrear maldiciones.

V. Para poner las cosas en perspectiva, según estadísticas del B’Tselem – Centro israelí para la información de los Derechos Humanos en los Territorios Ocupados (http://www.btselem.org/statistics) desde enero de 2009 hasta mayo de 2014 hay una relación de muertes de alrededor de 100 a 1: o sea 1 israelí muerto por cada 100 palestinos. Aún más, podemos inferir redondeando cifras que de estos 100 palestinos muertos, 80 son menores de edad, 19 son mujeres y 1 es un hombre adulto (involucrado o no en los conflictos).

Esto sin entrar a analizar los atropellos que se dan cuando se retrasa la atención médica de heridos que al final fallecen esperando ayuda, la construcción de un muro que impide transitar libremente por su tierra a quienes nacieron en ella, y la restricción del acceso al agua, que también es un Derecho Humano.

VI. Planteo una primera cuestión: en medio de estadísticas, noticias, posiciones, creencias religiosas, extremistas de uno y otro bando ¿Quién defiende los derechos de los niños? La respuesta es sencilla y tan fuerte como chocar en caída libre contra el pavimento: nadie. Y esto es así porque a nadie le importan los niños. Es la realidad. Para Israel son un daño colateral. Para Palestina serán mártires. Hoy unos celebrarán el éxito de los bombardeos y otros llorarán que sus bebés, sus hijos pequeños yacen esparcidos en una mezcla de miembros, sangre y otros fluidos corporales.

Eso es el sentido de la guerra. Hay certeza de que hay ganadores y perdedores. Por un lado los que comercian con las armas, que siempre ganan. Por otro lado los que no pueden comprarlas, que siempre pierden.

VII. Si vamos al origen de este conflicto, pero desde el punto de vista histórico (no el relato bíblico que tanto mal ha causado) a pesar de haber convivido por muchos años en relativa paz, en el seno de las Naciones Unidas se gesta en 1947 el establecimiento del Estado de Israel (http://www.stateofisrael.com/resolution/), mismo que se funda sobre territorios que ya compartían con los palestinos, dividiendo a la población de acuerdo a su raza y religión. Siendo Jerusalén una ciudad importante para múltiples religiones, la declaran una zona internacional.

Mucho se ha dicho sobre el proceso de formación del Estado de Israel, por lo que no voy a referirme al punto, pero si es de rescatar que a la fecha no existe un Estado Palestino, o al menos no ha sido reconocido por la mayoría de Estados del mundo. En 2012 la ONU aceptó a Palestina como “estado observador no miembro” (http://www.un.org/apps/news/story.asp?NewsID=43640#.U-mZA4B5O9Z), situándolo en la misma categoría que el Vaticano. Al menos hoy se acepta internacionalmente que se le llame “Estado de Palestina”.

Dicho de otro modo, imaginemos por un momento que vivimos cómodos en nuestra casa, y que junto nuestro hogar hemos tenido a los mismos vecinos por años, vecinos con los que nos llevamos relativamente bien, y que por un acto del gobierno se nos obliga a unificar los dos terrenos, o las dos casas, y además que debemos darle a nuestros vecinos espacio suficiente, pues tienen mejor derecho que nosotros. Luego nuestros vecinos construyen un muro para que no nos pasemos a su lado del terreno, a pesar de que antes teníamos acceso a él. Con el tiempo nuestro vecino nos restringe utilizar el agua de la propiedad, y luego invade nuestro espacio con el fin de apoderarse de él. Nosotros nos defendemos, como por supuesto lo haríamos, y ellos nos atacan con todo su arsenal militar sin importar que en nuestra casa vivan niños. Mientras tanto nosotros nos defendemos con piedras y el armamento que tengamos a mano. Lo que va a suceder luego es que a la primera oportunidad que tengamos (o que los que nos sobrevivan tengan) vamos a vengarnos por lo que nos hicieron, y el ciclo jamás termina. Este es el origen el odio racial y religioso. Nadie gana.

Podrían pensar que es grotesco. Lo es. Punto.

No hay (ni habrá) una justificación social, política, religiosa, y mucho menos moral que pueda sustentar este actuar en el Medio Oriente. Sí existen justificaciones económicas, como siempre, pero no hay dinero que cueste el derramamiento de sangre. No puede haberlo.

VIII. En el otro lado del conflicto están los niños israelíes. Algunos de ellos crecerán pensando que los niños palestinos son parte de todo lo malo, y otros, ajenos a estas ideas crecen, juegan y conviven con los niños palestinos. Pero hay otros más, los que crecen y se unen al ejército teniendo claro quién es su enemigo. Una vez más el ciclo se fortalece con la inyección de sangre joven.

IX. Mi segunda cuestión es: ¿Puede evitarse que las muertes de niños sean daños colaterales? Si es verdad que la tecnología israelí de lo mejor que se consigue en el mercado de la guerra, ¿cómo no han incluido en sus sistemas militares un mecanismo de dirección hacia objetivos específicos? Pienso que una vez más, como los niños no le importan a nadie, no vale ni siquiera para invertir en este tipo de tecnologías.

Hay que decir que no se vislumbra en el horizonte una solución para este conflicto que nace de las mismas semillas que siguen y seguirán causando dolor: el racismo, la intolerancia y la creencia de la superioridad.

Hasta el día que alguien se detenga a pensar en los niños, en su presente, y ponga por encima de los grandes intereses económicos y personales los intereses superiores de los menores, las estadísticas seguirán mostrando la realidad cruda de un conflicto que se come a los niños por centenares (cuidado y no por miles), y los escupe mal vividos como carne de cañón para los ideales infames de un grupo que dirige con mezquinos fines económicos, los destinos de una nación dividida.

X. Sé que muchos de los que lean estas líneas (y hayan llegado hasta este punto) tomarán la salida fácil y pensarán que estoy comprometido con la causa palestina, pero no es verdad. De hecho en este momento ni Israel ni Palestina me importan como estados pues no se comportan como seres humanos.

Estoy comprometido con la causa de los niños, sin importar la etiqueta que les pongan. También sé que otros me tacharán de antisemita, de racista, de ir en contra de las enseñanzas de los libros sagrados. Si usted piensa así, y logré que me leyera es un riesgo que tomé para poner mi punto en claro. Si minimiza su pensar a estos aspectos entonces le digo: Yo no creo entonces en el mismo dios suyo. Porque mi Dios no es capaz de hacerse de la vista gorda con los problemas de los demás. Si estoy seguro de algo es que de existir un Dios, no puede simplemente ser espectador silente de la barbarie que en este mismo momento se está dando. Ese Dios del que yo hablo está dentro de mí, y únicamente en mí. Por eso es que soy yo quien debo marcar una diferencia y tomar un partido. Mi Dios no impone opiniones, ni posiciones socio-políticas. Mi Dios trata únicamente conmigo y con mi moral, muy mía.

Así que por supuesto imagino que aquellos que me deben estar considerando hereje o ateo estarán elevando una oración por los niños que mueren en Palestina y en su interior estarán pensando lo afortunados que son ellos y sus hijos de haber nacido en este país. Si es así, pueden leer de nuevo el punto IV, y quizás por insistencia entiendan. Pero dentro de mí esa voz me impulsa a no quedarme callado y a tratar de ver que en medio de todo el conflicto los grandes perdedores son los niños y nadie hace nada al respecto.

XI. En conclusión, en el ejemplo que pongo sobre el problema de Medio Oriente me sirve a manera de prueba fehaciente para afirmar el fracaso de nuestras instituciones tanto morales como sociales. De las organizaciones que creamos para que nos protegieran de estos escenarios que pensamos que no se iban a repetir jamás. Y por sobre todo de nuestro fracaso como seres humanos, pues a la luz de estos acontecimientos la humanidad se muestra como un accesorio al que decidimos dejar en casa. La necesidad imperiosa de poder de algunos es el estigma de derrota de otros. La perseverancia de sobrevivir un día más de los más débiles es el mantra de destrucción de los más fuertes. No hay nada que se pueda hacer si decidimos no hacer nada.

La historia es una serpiente que se come su propia cola y a nosotros nos llueve el vómito sangriento de un monstruo que come dólares y defeca armas. Las esperanzas de la raza humana hoy son nulas. Estamos condenados a ver morir a los nuestros hoy y esperar nuestro turno de matar a los suyos mañana. Ese es el sentido de la vida, el verdadero, y mientras así sea nada va a cambiar. Solo los nombres de los muertos.

América Latina en el Siglo XVI, los judíos europeos, homosexuales, discapacitados y gitanos en el la Europa de la primera mitad del siglo XX, las tribus africanas en la segunda mitad del siglo XX, el Medio Oriente desde entonces hasta hoy. Y que no se hable de los niños centroamericanos migrantes hacia Estados Unidos. Los escenarios cambian, pero la obra tiene el mismo nombre: intolerancia.

Lo más triste es que estamos presenciando el rápido cambio del ser humano hacia un modelo regido por el dinero en el que las vidas de las personas tienen precio y se pueden liquidar como pasivos de cualquier empresa. Todo valor que se consideró alguna vez como humanitario hoy escasea, y la inocencia de la niñez cae abatida en medio del odio y el anhelo de poder. Este nuevo modelo dejará a los más débiles a merced de los intereses de los más fuertes, y se encargará de desaparecer a todos aquellos que no se adapten al funcionamiento social. Este nuevo modelo como ya supondrán no es nuevo, y ya ha sido descrito anteriormente por grandes mentes del pensamiento sociológico. Pero la supervivencia del más fuerte ahora es sinónimo de la estrategia del mejor financiado. Y los que no alcancen a producir recursos son solo subproductos de este proceso. Los menos afortunados: mujeres, niños y ancianos caminan sobre una larga banda sin fin hacia el horno que los acabará calcinando. Los engranajes del mismo sistema que creó al primer y tercer mundo se mueven con los recursos que le arrebata a los pobres y transforma a éstos en última instancia en un recurso natural inagotable.

Y yo sigo preguntándome: ¿quién defiende a los niños?

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