Esperando la llamada (Memorias de mi vida con mi abuelo)

( Originalmente postedo el 10 de marzo de 2008)

De cómo nos conocimos

Allá por el 78, mis papás optaron por unir sus vidas en un camino que no sería muy largo, y tampoco muy satisfactorio para ambos, pero que al menos me permitió a mi venir a este mundo y amarlos a los dos con todas sus virtudes y todos sus defectos, porque me dieron la vida y me aman con todo su corazón.

Don Fernando y doña Silvia me vieron nacer un 17 de abril de 1979, en el Hospital México en medio de una labor de parto complicada y que hasta hoy deja en mi huella física de lo costosa que fue. Mi papá siempre me cuenta la historia de cuando tuvo que decidir salvar a mi mamá en un momento tenso, en el que pensaron que yo no lo lograría. A Dios gracias y al Dr. Herman Weinstock, estoy acá escribiéndoles estas líneas.

Mi primer recuerdo de mi abuelo es de cuando yo tenía dos años. En la memoria me queda la foto de mi fiesta en el Parque de Diversiones y especialmente el regreso a la casa de mis abuelos a abrir regalos.

Su figura siempre estaría presente a lo largo de cada momento importante de mi vida. Siendo mi escolta en todo sentido y mi padre para todos los efectos. Lo curioso de esta historia es que ni siquiera teníamos un lazo de sangre, pues no era mi abuelo natural, sino que era el esposo de mi abuela, quien se hizo cargo de mi madre y la bendijo con su apellido; y por ende a mi también. Pero en ocasiones es más fuerte el amor que la sangre, y el siempre me lo demostró.

Cada vez que trato de identificar mis alegrías pasadas y presentes, siempre él ha estado allí, y es a el a quien corro a darle cuenta de cada cosa que me pasa, pues le alegra saber todo lo que me sucede.

Fue él quien me preparó para ser el esposo y padre en el que me he convertido, pues a causa de sus errores, se convirtió en una mejor persona y con mucho que enseñarme.

Su pasado no fue bien conocido por mi, y tengo algunos recuerdos de sus problemas con la bebida y las discusiones con mi abuela, pero gracias a Dios no duraron por mucho más desde que llegué a sus vidas.

El primer recuerdo de una travesura viene por mi abuela materna (la esposa de don Luis), quien sacándome del hospital, recuerda con nostalgia que le guiñé un ojo. Desde allí, el encuentro entre mi abuelo y yo, por lo que me dicen mis papás fue algo de amor a primera vista. Sabiendo que antes de casarse mis papás, la situación con mi abuelo no era para nada alentadora, y que al principio no le hizo mucha gracia que mi mamá estuviera embarazada de mí, es muy interesante saber como Dios cambió su corazón para que los rencores se transformaran en amor.

Para que se hagan a la idea del amor que me tenía, yo siendo el único nieto, cada vez que salía con él, y me presentaba con alguien, le pedía con inocencia que me presentara como “su nieto favorito”.  Y el con amor lo hacía entre risa y risa.

Al principio vivimos junto a mis abuelos, y la verdad no conozco mucho de éste período, pero fue corto. Luego nos pasamos a una casa cercana, y con el tiempo volvería yo a su casa (mi casa) a vivir una vez más.

  

Los primeros años

Cada sábado esperaba con mucha ansia el momento de llegar a su casa, pues salíamos de paseo (en realidad a menudo era a comprar carne a la carnicería favorita de mis abuelos en Coronado, a la que yo no se por qué aun me refería como “la carnicería de Miguel Bigotes”). Yo quedaba fascinado pues me encantaba que me llevara a Las Nubes de Coronado y encontraba la realización total cuando me decía que sacara la mano por la ventana para que tocara las nubes.

Algunos fines de semana íbamos a Cartago a un restaurante que aun se encuentra allí, por el Valle de Orosi, al que me gustaba mucho ir por el trayecto pintoresco que lo precedía. Dios, cuántas cajetas me comí en toda mi infancia de la Posada de La Luna. Aquellos viajes a Jacó cuando aun no había más que un par de hoteles y una calle maltrecha.

Esa era mi infancia, ser consentido en todo por mi abuelo. Yo le pedía cosas y el no escatimaba en esfuerzos para complacer a su nieto. Que vida la de un niño.

Conforme fui creciendo en lugar de apartarme de él, lo busqué más y más, pues disfrutaba de sus “sermones” y “regañadas” porque en el fondo sabía que le dolía hacerlo, pero que era porque me amaba.

Nunca me puso una mano encima ni me regañó con exceso, porque la verdad no era un niño problema. Eso lo recordó hasta el final de sus días con ternura pues ahora los niños no son así.

Cada mañana, me preparaba el desayuno, con frutas que cortaba del patio. Una imagen que nunca voy a olvidar es la de mi abuelo preparando las frutas para mi abuela, junto con algunas flores del jardín de su casa. Cada domingo era un ritual que repitió mientras pudo.

Qué no hizo mi abuelo por mí? Creo que en su corazón se lleva la plena satisfacción de haber hecho todo lo que pudo y más por su nieto favorito (que inocencia de niño).

Sus historias

Quizá lo que más me gustó de mi abuelo es que era una enciclopedia viviente, y me fascinaba ir a escucharlo hablar. Hasta el último día que pude hablar con él me contó una historia con nombres y apellidos sobre la importancia del amor por lo que uno hace cuando trabaja para una institución estatal, todo a causa de un problema que le comenté con una entidad del Estado.

Pero historias podría enumerar cientos o quizá miles, entre los veintinueve años que estuvo conmigo.

A manera de tributo a él, quiero rescatar para que perduren algunas de ellas. Espero les gusten tanto como a mí, y que perdonen la falta de fechas y la pérdida de algunos nombres y lugares. El fondo permanece intacto.

En el inicio de su vida, al igual que me sucede a mí, su figura más influyente fue su abuelo materno: don Abraham, quien era su amor y viceversa. Cada vez que estábamos juntos se que el tenía en su cabeza a don Abraham, y revivía conmigo pasajes de su niñez. Dios le dio el mismo regalo que a mi: un abuelo espectacular!.

Recordaba conmigo cómo cada vez que podía guardar algunos centavos, los utilizaba para comprar una brochita pequeña y jabón para afeitar, y algunos tabacos para la pipa de don Abraham. Y pasaba horas haciéndole la barba, y escuchando sus historias, como yo las suyas.

Y cómo para él lo máximo era ir donde su abuela doña Gilma quien le preparaba sus platillos favoritos, que para lo que se come hoy en día serían sencilleces, pero que eran manjares para él.

Siempre recordaba como le alistaban la comida a los peones en hojas de plátano y de cómo los acompañaba a la jornada. Esa fue su época favorita.

También me contaba como fue que salieron sus papás y sus abuelos de Colombia y como se vinieron a este país donde el plan de Dios era que se convirtiera en mi abuelo y me enseñara todo lo que me enseñó.

Igualmente me contaba como su abuelo fue traicionado por sus hermanos de Logia Masónica, quienes al venir él desde Barranquilla, Colombia, con una buena cantidad de dinero, ellos se “ofrecieron” a ayudarle a administrarlo, siendo en realidad que lo dejaron en la calle quebrando su juramento.

Y lo que le dolió el día que murieron. Cosa que yo no podía asimilar pues no me había sucedido a mí aun. Ahora se de que hablaba, y de primera mano.

Le encantaba relatar sobre su infancia en Puntarenas y como en una ocasión con una crecida del mar tuvo que quedarse sobre un peñón hasta que bajara la marea, sin más para comer que unos caracoles de los que se adhieren a las piedras con un poco de sal. Siempre recordaba su espantoso sabor…

También me contaba como en el colegio (el Liceo de Costa Rica, mismo colegio al que ingresara yo casi cincuenta años después) encontró la sabiduría que anhelaba y como la educación era completamente distinta a la de hoy. Adoraba contarme sobre sus clases de química orgánica, cuantitativa y cualitativa; que le darían las bases para su ejercicio profesional años después. Expresaba siempre su admiración por sus profesores quienes formaron su carácter y quienes le transmitieron su sabiduría y amor por el conocimiento.

Yo particularmente recuerdo cuan orgulloso me sentí el primer día de clases en el Liceo, sabiendo que recorría los mismos pasillos que mi abuelo en los años cuarenta. Y adoraba que me contara sobre sus tortas en aquellos años. Como cuando se iba a la cantina de la esquina a tomarse sus traguitos y fumarse unos cigarros, entre clase y clase. O de cómo un primo paterno mío se iba puerta por puerta pidiendo plata para una supuesta enfermedad de un compañero, que en realidad era plata para irse a la misma cantina después.

Luego, recordaba con nostalgia, como fue que llegó a la Facultad de Odontología (aunque siempre se refirió a ella como Escuela de Dentistería) de la Universidad de Costa Rica; creyendo que sería una carrera en la que se manejarían metales, pues este era el trabajo que hubiera querido realizar. Siempre me dijo que le hubiera encantando ser tornero. Luego, ya matriculado y al paso del tiempo se dio cuenta de lo que en realidad estaba estudiando. Era una carrera novedosa en la época pues no tenía mucho de impartirse acá.

Para cuando pudo caer en conciencia ya era demasiado tarde. Estaría destinado a ejercer una profesión que nunca amó realmente.

Pero su paso por la universidad lo recordaba con alegría pues hubo varios momentos felices en su vida.

Siempre me contaba como inició Radio Universidad, con unos transmisores hechos con tarros de pintura, y unos pocos cables. Él en el inicio ayudaba a la continuidad de la programación, alternando su trabajo en la clínica universitaria con una travesía cuando el reloj marcaba la hora, para irse a cambiar el disco o a encender o apagar algún transmisor.

De la misma forma recordaba como presentó su grado, y de la dificultad de hacerlo en aquel entonces, con unas bolitas de colores que le marcaban el tema, y con muy poco tiempo para prepararse. Pero me contó la alegría que sintió al aprobarlo y de cómo lo primero que hizo fue ir con su mamá y contarle para que se llenara de alegría y luego se fue con unos amigos a celebrar.

De su primer matrimonio nunca supe mayor cosa, pero si se que tuvo dos hijos durante ese período. A ellos nunca los he visto.

Se de lo difícil que fue para el cuando se casó con mi abuela, el inicio. Me cuentan que una improvisada mesa servía también de moisés para mi mamá, que estaba pequeña. Y de las penurias que pasaron para poder levantarse.

Por lo que me contaron mi mamá y mi abuela, no fue un período muy bonito de su historia por sus problemas de carácter y con la bebida, pero la verdad es que el abuelo que yo conocí, fue en un noventa y nueve por ciento, una persona intachable, y esa es la imagen que conservaré siempre de él.

Cuántas veces me contó sobre su amor por la lectura (mismo que me transmitió a mi) y de sus cinco veces de releer el Quijote de la Mancha; que junto al Martín Fierro, son las obras que inspiraban su vida. Más adelante encontraría la Biblia, y lo cambiaría para siempre.

En una anécdota que varias veces me contó, relató como al principio de su carrera trabajaba para las Caravanas de Buena Voluntad (que tienen o tenían relación estrechísima con la Clínica Bíblica), y como tenía a veces filas de gente para que les extrajeran piezas dentales. A veces sin luz o con una candela. El trabajo era de nunca acabar en aquellas giras. Por cierto que una de tantas, sino la última, la avioneta en la que venían se estrelló, pero Dios lo protegió, pues tenía un plan para su vida.

Dejando de lado lo profesional, su vida estuvo llena de una búsqueda insaciable de la verdad, de Dios, aunque muchas veces lo buscó en lugares en los que no estaba. Recorrió los caminos de lo oculto, de lo secreto, y nunca encontró la paz que tanto ansiaba. Tomaría muchos años para que por fin escuchara el mensaje de la salvación verdadera. A raíz de esto en la casa siempre tuvo (hasta que se convenció de su inutilidad) libros sobre ocultismo, hipnosis, y cuantas otras cosas absurdas, creyendo que en ellos había algo de verdad.

Con los años, me fui dando cuenta que las visitas de mis abuelos y mi madre 8y obviamente yo) a una señora, no eran otra cosa más que una sesión de hechicería (o estafa?) y no fue sino hasta que les pedí que dejáramos de ir, que se dieron cuenta que hacían mal. Baños iban y venía, frijolitos de colores, tomaderas de no se qué, hasta me hicieron una cruz con parafina caliente en la espalda! Hasta donde llega la gente con la falsa creencia de que eso les da protección y que en eso está Dios… solo porque cuelgan algunas estampitas en la pared e invocan uno que otro santo en la pedidera.

Pasada esa etapa, iniciamos la etapa religiosa. Íbamos domingo a domingo a la misa donde Sor María Romero. Que tiempos aquellos. Recuerdo un día en que me compraron una pantaloneta que estrené para ir a la misa. Tenía un estampado como de hule, de una tabla de windsurf y unas palmeras en uno de sus extremos. Yo encontré muy desestresante pelar a poquitos el estampado, haciendo cerullitos, que tiraba al piso. Una vez terminada la misa, ya íbamos de salida o estábamos comprando el religioso quequito, cuando me toca por la espalda una monjita: “puedes venir conmigo”, me dijo. Cuando la veo que toma una escoba y me dice; “tu lo hiciste, tu lo limpias”. No me quedó otra que barrer…

Por esos años mi abuela usaba un hábito y hacía promesas que aun no comprendo. Pero como todo en esta vida, tienen un sentido más allá de lo que pensamos. La noticia de que mi mamá ya no era católica romana, le cayó mal a mi abuela, aunque mi abuelo nunca dijo mayor cosa. Era cuestión de tiempo para que el “cree y serán salvos tú y los de tu casa” se volviera realidad en la familia. Poco a poco, mi abuela fue acompañando a mi mamá, luego yo, y mi abuelo empezó a ir al curso de nuevos creyentes, pero la verdad lo aburría el que el servicio durara más de dos horas (a mi también); así que no fue por mucho tiempo con nosotros.

Pero la semilla estaba plantada y con el tiempo creció. Y mi abuelo en estos últimos años se convirtió en una persona completamente transformada, que tomaba el teléfono y en un par de ocasiones le escuché haciéndole una mini prédica a su hijo del primer matrimonio.

Pese a que tuvo siempre miedo de morir, creo que en este mundo pocas personas pudieron llegar al final de su vida con la plena satisfacción de haber hecho todo lo que fueron destinados a hacer. No fue morir, sino completar el plan de Dios para él. Volver a reunirse con quien hace más de ochenta años lo mandó a que visitara el mundo.

Los diálogos del banquito

Mis abuelos conmigo siempre fueron como papás. Yo adoraba salir del liceo, o de la escuela, para ir a visitarlos al trabajo. Mi abuela era la secretaria/asistente de mi abuelo, así que era lindo ir a ver a los dos. Me encantaba ir de compras a la pulpería que quedaba diagonal al Bar Limón (misma esquina donde mataron a Federico Tinoco, allá en el siglo pasado). Era un lugar muy pintoresco, de madera vieja, en medio de un San José que nunca pensé (ni quise) que fuera a cambiar tanto. Ahí cada tarde me compraba unos bolis y algún paquetillo de Tosty y me iba donde mis abuelos a comer.

Otras veces me compraba un par de empanadas, para compartir con mi abuelo, frente a la parada de los buses de Calle Blancos, donde las machas. Y cuando la situación lo ameritaba, iba con mi abuela, del brazo, al Automercado a comprar chocolates y galletas para llevar a mi casa.

En aquel cuartito que era el laboratorio de la oficina dialogué por años con él, sobre todo tema posible, y allí oí sus consejos, que siempre seguí (o al menos la mayoría de ellos). Era como la escuela platónica en la que el conocimiento se transmite de boca a boca, como la tradición. Fueron años increíbles.

Muchas veces fui porque no tenía plata para devolverme, o para salir con la novia el fin de semana, pero la verdad el motivo principal era porque adoro a mis abuelos y me encanta estar con ellos.

Allí me llevé mis regañadas y sermones también, y fue allí donde comuniqué mi intención de casarme con Gloriana. Cuántos momentos me vienen a la memoria! Podría llenar libros completos resumiendo mis recuerdos y mis diálogos con mi abuelo. Sería algo así como los diálogos del banquito.

Mi vida por años giró en torno a aquella oficina, siendo mi destino obligado cada tarde. Mis amigos cercanos lo saben. Ellos me acompañaban en ocasiones porque igual que yo disfrutaban del conocimiento que destilaba mi abuelo, y la forma tan folclórica de transmitirlo.

De allí en ocasiones me iba a acompañarlos a la casa, pues habían temas inconclusos que me moría por escuchar hasta el fin. Otras veces tenía que volver al liceo o a la universidad, y poníamos en pausa el tema hasta la próxima vez que nos viéramos.

Aun después de casado me encantaba ir y escucharlo por horas, ya fuera quejándose de los pocos clientes que tenía, o contra el sistema del Colegio de Cirujanos Dentistas, o contra lo que fuera. O cuando atentamente me escuchaba contarle mis problemas, mis éxitos o mis aventuras. El siempre fue un buen receptor para mis conversaciones y lo mejor: un gran consejero.

Con el tiempo, el trabajo y las responsabilidades me fueron alejando de San José centro, por lo que disminuí mis visitas a aquel lugar; pero las anhelaba con mi alma, porque el hombre que soy se forjó en aquel banquito.

Hace poco volví a la oficina, y estando afuera esperándolos llegar, en el portón del edificio, el cerebro me llevó de vuelta a aquellos días, y el ver aquellas calles me hizo sentir como un niño de nuevo. Sólo que esta vez sabía en mi interior que sería la última que pisaría ese suelo.

Al ver llegar a mi abuelo ahogándose por caminar desde la parada del bus, junto a mi abuela, supe que nunca más lo vería allí. Aunque cuatro días antes de morir me llamó desde la oficina (si… estaba trabajando) para decirme que la anunciara como “a la venta a puerta cerrada”. Y yo le pregunté que qué hacía allí y me dijo que: “tengo que terminar tres trabajos pendientes”. Es increíble la fuerza de voluntad de una persona, que a pesar de no poder hacerlo, la responsabilidad lo mueve para sentarse nuevamente en su banquito en su laboratorio a terminar algunas piezas de mecánica. Yo pude entender, que realmente era su despedida de aquel lugar, así como yo me despedí aquel día.

Los últimos años

Recuerdo que estaba yo en primer año de la universidad cursando la carrera de Ingeniería de Sistemas, cuando recibí de su boca la noticia de que tenía cáncer en la próstata. No me hizo mucha gracia, pero había la esperanza de que con tratamientos y con el avance de la ciencia se pudiera tratar.

Estando en la iglesia un domingo me puse a llorar de desesperación porque era devastador para mí que se me fuera mi abuelo. Aun no estaba preparado para ello. Y ese mismo domingo le pedí a Dios que le diera más años para poder disfrutarlo plenamente y absorber de el todo el conocimiento que pudiera.

Con el tiempo me contó que lo mandarían a los Estados Unidos a un tratamiento con el acelerador lineal, pues acá no había uno o estaba en malas condiciones.

Yo me preparé para pasar por primera vez en mi vida bastante tiempo lejos de mis abuelos, y ellos me aprovisionaron para tal ausencia, pues entonces dependía de ellos para mi subsistencia. Fueron meses complicados, pues no sabíamos como iba a salir todo. Pero con fe de que fuera lo que fuera era la voluntad de Dios.

Terminado el tratamiento, recuerdo que regresando a Costa Rica, mi abuelo al verme, por primera vez se acercó a mí a abrazarme, pues hasta entonces, nunca lo había hecho, porque para él los besos y abrazos son solo para con las mamás (o al menos así pensaba). A mi me conmovió mucho aquella escena, que se repetiría desde entonces cada vez que nos viéramos.

Mi abuelo me amaba con toda su alma, y no hacía muchos años había él sufrido mucho por un quebranto en mi salud, ya que por un momento pensaron que era muy grave, pero que con la ayuda de Dios pude sanar. Y a él lo afectó mucho aquello. Pero aun así no habría de mostrarme su afecto con un abrazo, hasta que volvió de su tratamiento.

A las pocas semanas recuerdo que le acompañé a su consultorio (al que siempre se refirió como oficina y a los pacientes como clientes), sin un colón en la bolsa, más que para los pasajes de vuelta a la casa. Y teníamos hambre. Y como la oficina estuvo cerrada durante su ausencia, él no tenía medios para obtener dinero hasta que volviera a trabajar. Pero le pidió a Dios a su manera que nos ayudara. Y fue increíble lo que pasó; un muchacho al que le había hecho un trabajo, hacía bastante tiempo, apareció, tocó el timbre, y le entregó el dinero que le debía (pues mi abuelo cobraba en abonos muchos de sus trabajos). Con ese dinero pudimos comer ese día. No hay más que decir, salvo “gracias a Dios”.

El progreso de su enfermedad iba y venía, aunque por un par de años estuvo bastante bien, especialmente después de lo del acelerador lineal. Aunque los efectos secundarios lo marcarían en los años siguientes: sensibilidad al frío, y problemas urinarios.

Pero una tarde, estando yo de visita en su oficina, me contó que los resultados de sus exámenes no habían salido bien, y que estaba en ascenso el conteo del antígeno prostático, por lo que anticipaba una recaída. El golpe fue duro para mí, pues hasta ese momento yo estaba seguro de que se había curado totalmente.

Hace pocas semanas me enteré de que el conteo del último examen estaba en miles, cuando lo normal son números de un solo dígito. Y me preparé para su partida. Yo estoy plenamente convencido que ya su momento llegó. Que no se va antes ni después de lo planeado. Dios lo llamaría cuando fuera su tiempo, y que para entonces habría completado su plan con él en la tierra. Así se lo dije la última vez que hablamos al respecto: ya no tiene más que hacer ni que preocuparse. Mi abuela queda en buenas manos y sus hijos y nietos tienen su vida resuelta. Dios ha sido bueno de dárnoslo diez años más de lo esperado en el primer diagnóstico. Y yo lo supe aprovechar al cien por ciento en ese tiempo.

Ya para las últimas dos semanas, lo pude ver decaer, aunque por momentos se recuperara y fuera a la oficina. O se levantara de la cama. Pero ya no quedaba mucho. Nunca quiso terminar en un hospital, aunque Dios le tenía otro plan.

Tres días antes de morir, se cayó en la casa y se fracturó su pierna, por lo que lo trasladaron en ambulancia al hospital. Yo vi el momento venir. Ayer justo me dieron la noticia de que la madre de un buen amigo había entrado en el hospital el domingo pasado y el jueves falleció. Yo sabía que lo mismo iba a suceder con él. Mi madre me llamó al final de la tarde para decirme que él estaba muy débil. Y yo supe nuevamente que hoy sería su día. Por lo que al llegar a casa hoy, acosté a mi hijo, y en lugar de dormirme me puse escribir estas líneas. Es mi despedida. A las horas recibí la llamada que jamás quise escuchar, pero que ya esperaba: “Fer ya tu abuelito murió… tuvo un paro”. Dejé de escribir y me puse a pensar en él aun más. Y le di gracias a Dios por habérmelo dado, contra toda probabilidad.

Siempre fue complicado para él el tema de la muerte, pues aunque sabía que tenía una morada en el cielo (que espero que nos esté alistando a nosotros), le atemorizaba el momento de morir. El hecho en si de dejar de vivir y respirar, y que su corazón dejara de latir.

Por la mañana de hoy, el pastor de la Iglesia donde van mis papás, lo fue a ver, y lo tranquilizó. Ya no le tenía miedo a la muerte. No ha vencido la muerte en él, como pensaba al principio. Ni la gente que no lo quería vivo. No! Por el contrario, ganó. Le ganó a la muerte, y está ahora junto a Dios. Debe ser precioso lo que está viendo ahorita! Está con su amadísimo abuelo Abraham, con su abuela, y sus papás. Nuevamente es el niño aquel que se subía a los árboles a bajar jocotes. Está en el seno de su madre adorada. Al fin logró verla de nuevo.

Dios! Lo que siento es increíble, pues aunque mi cuerpo no está en el mismo canal que yo y responde a la emoción con llanto, mi alma y mi corazón saben que al fin mi abuelo volvió a casa. Y está comiendo su comida favorita donde su abuela y está haciéndole la barba a don Abraham. Pero más importante aun. Está cara a cara con Dios y con Jesús. Que impresionante y sublime debió ser el instante en que pudo ver sus rostros y adorarles! Ahora tiene toda una eternidad junto con ellos, venciendo al tiempo, a la salud, y al cuerpo. Está adorando en el cielo. Está haciendo lo mismo que hago yo acá, pero frente a frente. Que final más bello para una persona tan bella como mi abuelo.  Toda la gloria se a Dios. Nos vemos en el cielo.

 

El presente texto es propiedad intelectual de Fernando Herrera Ospino. ®Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción parcial o total sin el consentimiento por escrito del autor. Para reproducciones contactar a herreraospino@aol.com.

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