Perdido en el valle

Recuerdo cuando leí por primera vez el salmo 23. Inmediatamente lo identifiqué con el spot de un canal de televisión que tiene por costumbre aun iniciar transmisiones con este pasaje de la Biblia. Pude haberlo escuchado fácilmente unas 7000 veces completo en toda mi vida pues desde pequeño acostumbro mirar la televisión en la mañana bien temprano. Y quizá por eso, por haberlo escuchado tanto, hoy me llama la atención al punto de querer compartir con todos lo que pienso.

Entre 150 salmos que ofrece la Biblia, éste pasa ante nuestra vida casi cotidianamente, sin que nos detengamos a analizar lo que dice. Yo puedo imaginarme a David cantando esta canción en sus momentos de dificultad, así como la he cantado yo en los míos. Y es que debo reconocer que me he llegado a sentir perdido, desolado en este mundo, porque las situaciones me han llegado a cobrar una factura cara: la de la desesperanza. Sin embargo, veo una conexión entre David, a quien Dios dijo que tenía un corazón como el suyo, y mi persona, que soy un ser lleno de conflictos, que conoce que la realidad tiene sentido solo en la medida en que imite a mi Señor; pero que vive rodeado de mil dificultades para lograr aplicar esta verdad. David y yo no somos tan distintos. Yo he cometido faltas igual que él. Cuidado y no peores. Pero lo realmente importante es que mi corazón ama profundamente a Dios y le teme, y eso es lo que me hace volver a seguir sus pasos cuando pierdo mi camino.

Cada línea de este salmo tan conocido, encierra verdades tan profundas que hasta me erizan la piel, porque fueron recopiladas en una manera tan sencilla que mi mente se niega a comprender la simpleza de las verdades bíblicas, como siempre sucede con las cosas que Dios hace, no son comprensibles por la mente analítica y explicativa. Quiero ver línea por línea para poder meter en mi cabeza estas verdades. Yo quiero que se graben en mi mente por siempre, porque yo he visto esto en la vida real, y aun así me doy el lujo en ocasiones, de obviarlo.

Vamos paso a paso: “El SEÑOR es mi pastor, nada me falta;” perfectamente puedo decir que en estas ocho palabras se resume el salmo completo. “Nada”. No hay más que eso. Justo escuchaba una canción de Juan Luis Guerra y la 440, que dice cosas que chocan contra la mente:

“No hay problemas ni enfermedades para ti,
para ti no hay divorcio ni droga en la calle, no para ti,
para ti ya no hay cáncer, ni SIDA, ni males para ti, para ti
y no, no, no, no hay tormenta ni calamidades para ti todo lo puedes, ajá”
(Juan Luis Guerra, “Para Ti” del álbum del mismo nombre)

Yo he visto como en los momentos más complicados de mi vida, cuando he dicho: “de ésta no salgo solo”, algo maravilloso sucede, es un poder que está por encima de mi comprensión, que empieza a trabajar cuando mi temperamento muere. Yo soy testigo de primera mano de cómo cuando la fe es firme en que Dios tiene el control de todo, las cosas que parecen imposibles suceden. Hace unos años mi abuelo y yo estábamos en su consultorio dental, recién llegado él de Houston, TX, por un tratamiento contra el cáncer que sufrió y que al final causó que acabara su tránsito por éste mundo; y débil como estaba me dijo: “solo tenemos dinero para volver, justos los pasajes, pero Dios sabe lo que hace”; yo le dije, que si tenía hambre, y me dijo que si, en esa época no trabajaba yo en nada, por lo que no tenía dinero. Cuando salíamos del lugar, un muchacho tocó el timbre, y al preguntarle mi abuelo el por qué de su visita, en un día en que el consultorio normalmente estaba cerrado, el muchacho le dijo: “hace algunos años usted me atendió y no le pude pagar… acá traigo el dinero”… yo me quedé mudo y mi abuelo también. Simplemente le agradecimos a Dios por aquello.

Me ha sucedido muchas veces que estoy al borde del abismo económico, pero justo en el momento que digo: “ya no puedo sostener más ésta situación”, es como si hubiera marcado algún número de emergencia, porque Dios toma control de todo y me cambia la perspectiva. Como si Él estuviera a la espera de que yo me quite del medio, para ahora si, tomar el la rienda y hacer las cosas a Su manera.

“En verdes pastos me hace descansar. Junto a tranquilas aguas me conduce;” hace mucho tiempo recuerdo que mis papás me llevaban a un lugar de recreo en Fraijanes de Alajuela, donde está la laguna. Y no se por qué extraña razón aquel lugar me transmitía una paz que yo anhelaba. Cada vez que íbamos al lugar yo me escapaba a un sitio en donde el silencio solo se rompe por los sonidos de los animales y el agua que se escurre por los riachuelos. Esa misma sensación de paz que de niño tenía, viene a mí cada vez que Dios toma el control. Es como quitarme un peso de encima. Uno que no puedo cargar solo. O peor aún, que no debo cargar. Yo creía que lo que llegara a la mesa de mi casa, estaba ahí por mi propio mérito, y cuando el dinero no alcanzaba me culpaba de no hacer suficiente para “proveer” lo que necesitáramos. Pero mi amigo Hans Wust, en medio de una oración al inicio de Crossover me dijo: “Quien dice que vos sos el que provee en tu casa?” esa sencilla verdad me causó un conflicto mental, porque hasta ese momento sobre mis hombros había una tonelada de estrés causado por la insatisfacción personal de no poder ser el proveedor de mi casa. Y enseguida me dijo: “soltá en Dios esa carga, que Él es quien la lleva”… fue muy duro, pero cuando lo hice, sentí esa paz que les dije, y Dios hizo lo que ama hacer: amarnos y cuidarnos.

“me infunde nuevas fuerzas.” Quién no se ha sentido completamente abatido y agobiado? No creo que ningún ser humano haya estado por sobre este sentimiento. El mismo Jesús, cuando oraba en el huerto y le pedía a Dios que por favor quitara ese peso que tenía encima, de saberse muerto por nuestra causa, se sentía agobiado por la gigantesca responsabilidad. Pero, la clave está en la frase que para mí refleja el profundo sentido de obediencia de un hijo a su padre: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Ellos estaban en el mismo canal. Y la verdad, les digo, eso cuesta demasiado, porque es matar la humanidad que tenemos todos y es reconocer nuestra ineptitud para vencer sobre nuestras dificultades, aun y cuando sabemos que tenemos un Padre que ha ganado las batallas por nosotros. Pero nuestra tendencia es tomar la rienda. Si por un momento Dios permitiera que nuestra voluntad sea hecha, imagino la cantidad de gente que desaparecería del mundo sin dejar rastro, solo porque mi voluntad es que no estén más. Pero por sus razones, Dios, que ya conoce el final de la película de nuestras vidas, toma todo bajo su control y va dosificando lo que hace, para que a su tiempo y según su voluntad, las cosas sean hechas. Cuando me siento abatido, pateado en el suelo, se que Dios me da un aire nuevo para seguir luchando, pero entendiendo que hay un “algo” un “para qué” en medio de esa dificultad o de ese problema. Cuando somos capaces de ponernos en sintonía con el corazón de Dios y entendemos ese algo, ese para qué, descubrimos que las palabras famosas que decía el libro de Romanos, “más a los que aman a Dios todas las cosas les son para bien” cobran completo sentido. De toda situación hay una lección por aprender que nos acerca más a lo que les dije que me cuesta tanto: seguir firme tras los pasos de Jesús.

“Me guía por sendas de justicia por amor a su nombre.”. Yo he querido muchas veces vengarme de gente que me hace algún daño. Lo reconozco: soy vengativo y rencoroso. Pero, hace mucho que aprendí a controlarme. Es quizá de las cosas más complicadas que he aprendido, pero me ha salvado de contaminar mi corazón con amargura que a la postre se traduce en solo una cosa: daño solo para mí. Es muy doloroso por ejemplo, ver a un padre de familia en una sala de juicio de nuestros tribunales de justicia, llorar amargamente por la pérdida de un hijo. Y lo más triste es ver cómo este padre amenaza con tomar venganza. Es una reacción natural, pero no conduce a nada. Una vida no paga una vida. El libro de Romanos también nos dice: “No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: «Mía es la venganza; yo pagaré»” haciendo referencia al libro de Deuteronomio, que pone en boca de Dios: “Mía es la venganza; yo pagaré. A su debido tiempo, su pie resbalará. Se apresura su desastre, y el día del juicio se avecina.”. Son palabras muy duras para un Dios de misericordia infinita, pero la maldad del ser humano, especialmente en contra de los otros seres humanos es tanta, que solamente Dios con su justicia puede eliminarla. Lo importante es que si el mismo Dios que me creó, me está diciendo que Él es quien va a vengarme, entonces, por qué insisto en querer justicia a toda costa? Pero la justicia de Dios no llega sola. Es producto de la relación que tengamos. Si yo no conozco a alguien, es muy probable que no intente defenderlo cuando se le presente un problema. Pero si esta persona y yo tenemos una relación de cercanía, o de amor, estaría dispuesto a arriesgar mi vida para protegerla. Dios es igual. Para quienes decidimos seguir sus pasos, tiene un sinnúmero de bendiciones y beneficios. Su justicia es uno de ellos. A partir de que dejamos que actúe en nuestra vida, el se convierte en nuestro guardaespaldas, en nuestro escudo antibalas, en nuestro blindaje.

“Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta.” Qué es la vara del pastor? (Sin ofender!) Siempre pensaba en “tu vara y tu cayado…” y resultó ser que estudiando un poco sobre la actividad de los pastores/ganaderos, utilizaban ciertos “aparatos” que imagino, para su época, eran lo último en tecnología. La vara se utilizaba con dos propósitos: 1. Protección al ganado, pues a menudo se usaba como arma para defender los animales de los depredadores; y 2. Para contar los animales a efecto de dar el diezmo. Incluso se mojaba con colorante para ir marcando a los décimos de cada cuenta, para apartarlos para el sacrificio para Dios. Y el Cayado es una vara más larga con una curvatura, como un bastón, que brindaba al pastor mayor alcance para protegerse ante un ataque, y además para orientar al ganado (con el gancho) para que volviera al rebaño. Ahora, con esto claro, imagino que hoy día debe ser lo mismo a estar en medio de un robo, y saber que al lado está un oficial de seguridad armado. Debe dar la misma sensación de tranquilidad, de que todo está bien. Dios es nuestro mejor oficial de seguridad. Nuestro guardaespaldas armado y blindado. El que nunca pierde en las peleas. Eso me da suficiente tranquilidad de saber que mi protección está en las mejores manos.

“Dispones ante mí un banquete en presencia de mis enemigos.” Qué escena más extraña. Has tratado de comer cuando estás profundamente agobiado? Rodeado por los problemas, verdad que lo primero que se quita es el hambre? Ahora veámoslo así: saberme rodeado por mis enemigos que me quieren destruir, y que en ese momento de altísimo riesgo para mi Dios diga: “un momento…!”. Cuando las cosas están tan complicadas que nos sentimos acorralados, y solo pensamos en salir huyendo o morir en el intento, Dios nos dice: “hey! Dónde vas? Todo está bien… comamos primero, luego yo me encargo”. Qué complicado! Comer? Dejar de pensar por un momento en eso que me agobia, para descansar y despejarme? Pero Dios se complace en hacer que estando sitiado con el revólver en la sien todo pase a segundo plano, porque Dios quiere un rato conmigo, para alejar mi mente del problema, y para que suelte el volante para que lo tome Él.

“Has ungido con perfume mi cabeza; has llenado mi copa a rebosar.” Dos de los tesoros de la época de David: perfume y vino. Eran el equivalente a los diamantes y al oro. El perfume era tan caro, que se usaba como dote o herencia entre padres e hijos. Y el vino, era el fruto de la vid; la representación de nosotros como hijos del Señor nuestro Dios. Dios nos está dando de entre lo mejor, lo mejor. A ese nivel nos ama! Nos viste con las mejores ropas, y nos da los mejores regalos. Y tras de eso nos cuida y da su vida por nosotros. Hace que aun cuando mi copa esté llena, rebose por la cantidad de bendiciones que me da. Ese es el Dios en el que creo.

“La bondad y el amor me seguirán todos los días de mi vida; y en la casa del SEÑOR habitaré para siempre.” Es parte fundamental de entender el corazón de Dios. Nuestro paso por este mundo es temporal, es fugaz e incluso insignificante, porque el verdadero mundo está junto con Dios; y no acaba, es eterno. Y allá estaremos todos con el más honesto y profundo sentimiento de unidad y amor, haciendo lo que debemos hacer: adorando a nuestro Creador. Y por qué? se puede preguntar uno. Por qué debo adorar a Dios? Pues la respuesta a éstas alturas, salta a la vista: es el único Dios, y se ha entregado por completo por nosotros, para que podamos conjuntamente con Él estar por la eternidad en su casa. Ese Dios que no conoce imposibles; que provee todo lo que está en nuestras mesas; que nos da una paz que no es compatible con nuestro intelecto; que nos cuida y nos protege aun arriesgando o sacrificando su propia vida; que se complace haciendo que todas las circunstancias que nos agobian pasen a segundo plano para que podamos disfrutar de estar en su presencia y ser testigos de cómo el actúa y lleva las riendas de nuestra vida. Ese mismo Dios, es digno de toda nuestra adoración.

Por eso yo acepté su llamado cuando me dio el talento de comunicarme a través de un instrumento musical; y por mi voluntad opté por nunca perseguir fama, porque el único que puede ostentar la fama es Dios. Como dijo Pablo en Filipenses: “Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo y encontrarme unido a él. No quiero mi propia justicia que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe. Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a él en su muerte. Así espero alcanzar la resurrección de entre los muertos.” Más claro no se puede explicar. Saber que en el mundo no hay nada que se pueda comparar con encontrarse con Dios. Yo que solo soy un mochilero en este peregrinaje que hacemos por el mundo entiendo que mi Dios es tan grande y poderoso que puede tomar los problemas, que a mí me parecen gigantes, y desaparecerlos. Es mi Padre! Y nunca olviden que jamás nos va a dar piedras cuando le pidamos pan! Él se complace en consentirnos! Por eso es que en medio de este valle de lágrimas en que nos sentimos perdidos a veces, tenemos que creer que Él está caminando a nuestro lado. No estamos solos, nunca hemos estado, no creás la mentira. Ya todo fue ganado por Dios, ahora solo creele y disfrutá del banquete mientras Él trabaja.

 

El presente texto es propiedad intelectual de Fernando Herrera Ospino. ®Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción parcial o total sin el consentimiento por escrito del autor. Para reproducciones contactar a herreraospino@aol.com.

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